EL ACCESO AL ABISMO NO ES PARA TODOS.

El cielo es una lija y tú eres la carne expuesta

Miguel baja a enfrentarme tras mis primeros estertores; el barro en mis piernas se ha petrificado, una costra que envuelve mi caída. La bilis se concentra en mi vientre, calcinando mis entrañas con el ácido de lo que no pude decir.—Luzbel —pronuncia. Sus manos están desnudas, despojadas del acero con el que me señaló.El calcio de la flauta cruje bajo mi presión mientras mis ojos engullen su silueta perfecta, esa insultante simetría divina. Las venas de mis piernas se dilatan, bombeando odio puro con cada zancada. No corro; me lanzo como un animal que recupera su territorio.Lo atrapo por la nuca. Mi mano izquierda es una prensa de odio; el crujir de sus vértebras chasquea contra mis falanges como madera seca. Mi mano derecha asfixia su muñeca; escucho el cúbito tronar, una música de calcio pulverizado que trago junto al humor amargo de mi propia rabia.Miguel destila sorpresa por los poros, un hedor dulce que se mezcla con mi amargura. Los huesos ceden y mis dedos se hunden, bañándose en un líquido espeso, pegajoso, la esencia de un ángel que empieza a entender la gravedad.

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